Preparación Cuántica · Nota Ejecutiva

Su empresa probablemente no necesita computación cuántica. Pero quizá sí necesita empezar a prepararse para ella.

Prepararse no es invertir antes de tiempo. Es saber cuándo tendría sentido hacerlo.

1 de octubre de 20269 min de lectura
Preparación cuántica: un puente por fases que conecta el presente de la empresa con la computación cuántica del futuro

Durante los últimos años hemos visto repetirse un patrón cada vez que aparece una tecnología con capacidad potencial para transformar una industria. Primero llega el entusiasmo, después las promesas, más tarde aparecen cientos de casos de uso teóricos y, finalmente, las empresas empiezan a preguntarse qué deberían hacer.

Con la computación cuántica estamos entrando precisamente en esa fase.

El problema es que las respuestas suelen situarse en dos extremos. Por un lado están quienes presentan la cuántica como si fuese a cambiar prácticamente cualquier negocio en cuestión de meses. Por otro, quienes consideran que sigue siendo una tecnología de laboratorio que puede ignorarse hasta que exista un ordenador cuántico capaz de resolver problemas comerciales de forma evidente.

Probablemente ambas posiciones sean demasiado simples.

Para la inmensa mayoría de las empresas, comprar hoy computación cuántica no tiene sentido. Desarrollar un equipo interno de investigadores cuánticos tampoco. Y poner en marcha un proyecto únicamente para poder decir que la compañía está trabajando con quantum sería, en muchos casos, una mala asignación de recursos.

Pero de ahí no se desprende que la decisión correcta sea no hacer nada.

La pregunta interesante no es si una empresa necesita computación cuántica hoy. La pregunta es si existe algún escenario razonable en el que pueda afectar a su industria, a determinados procesos críticos o a su posición competitiva durante los próximos años.

Y si la respuesta es afirmativa, quizá haya algo que sí debería empezar a hacer ahora: prepararse para reconocer el momento en que la tecnología deje de ser una promesa y empiece a convertirse en una herramienta útil para su negocio.

Prepararse no significa comprar tecnología

Esta distinción es probablemente la más importante.

Cuando hablamos de quantum readiness, no hablamos de adquirir un ordenador cuántico. Tampoco de sustituir sistemas clásicos ni de construir algoritmos cuánticos porque estén de moda.

Hablamos de conocimiento y preparación.

De comprender qué problemas de la organización podrían pertenecer algún día a las clases de problemas donde la computación cuántica pueda ofrecer ventajas. De conocer las dependencias tecnológicas existentes. De identificar qué proveedores, universidades, centros de investigación o socios están construyendo capacidades relevantes. De vigilar la evolución de hardware, software y algoritmos. Y, sobre todo, de establecer criterios que permitan decidir cuándo merece la pena experimentar y cuándo es mejor esperar.

Eso tiene bastante poco que ver con comprar tecnología.

Tiene mucho más que ver con reducir incertidumbre antes de tener que tomar una decisión importante.

La propia estrategia cuántica de la Comisión Europea, adoptada en 2025, refleja que estamos ante una tecnología que Europa considera estratégica, pero que todavía necesita recorrer el camino entre excelencia científica, infraestructura, industrialización y aplicaciones listas para mercado. La estrategia europea se articula precisamente alrededor de investigación, infraestructuras, ecosistema empresarial, aplicaciones estratégicas y talento con la intención de fortalecer el sector de aquí a 2030.

No es una señal de que todas las empresas deban correr a implantar quantum. Es una señal de que el ecosistema está madurando.

Y esa diferencia importa.

El riesgo de empezar demasiado pronto existe. El de empezar demasiado tarde, también.

Hay un concepto que utilizamos con frecuencia cuando analizamos tecnologías emergentes: el momento de entrada.

Adoptar una tecnología demasiado pronto puede ser caro, complejo y perfectamente inútil. La organización dedica recursos, forma equipos, ejecuta pilotos y descubre que la tecnología todavía no ofrece ninguna ventaja práctica frente a soluciones convencionales.

Pero esperar hasta que una tecnología esté completamente madura tampoco es siempre la mejor estrategia.

Cuando la ventaja empresarial empieza a ser evidente, otros actores pueden llevar varios años aprendiendo.

Pueden haber identificado ya los procesos adecuados.

Pueden disponer de talento.

Pueden haber creado propiedad intelectual.

Pueden haber construido relaciones con proveedores y centros tecnológicos.

Y, quizá lo más importante, pueden haber aprendido ya algo que no se compra de un día para otro: dónde no merece la pena utilizarla.

Ese conocimiento negativo tiene muchísimo valor.

La cuestión, por tanto, no consiste en ser el primero. Consiste en evitar ser demasiado pronto y evitar también llegar demasiado tarde.

Prepararse para una tecnología emergente no significa apostar por ella. Significa construir la capacidad de decidir correctamente cuándo utilizarla.

¿Y qué podría cambiar realmente la computación cuántica?

Aquí conviene bajar el nivel de abstracción.

La computación cuántica no será simplemente un ordenador clásico mucho más rápido. Si acaba alcanzando las capacidades previstas, su valor estará especialmente concentrado en determinados tipos de problemas que resultan extraordinariamente difíciles para la computación convencional.

Optimización compleja, simulación molecular y de materiales, determinados problemas financieros, investigación farmacéutica o algunos modelos de operaciones son áreas que aparecen recurrentemente entre los campos con mayor potencial.

Eso tampoco significa que cada problema de optimización vaya a resolverse mejor con quantum.

En muchos casos los sistemas clásicos, la inteligencia artificial, los algoritmos especializados o las técnicas de optimización actuales seguirán siendo mejores, más económicas y mucho más sencillas.

De hecho, durante bastante tiempo probablemente veremos arquitecturas híbridas, donde recursos clásicos y cuánticos trabajen de forma complementaria en lugar de una sustitución masiva de la computación tradicional.

Lo interesante es que el movimiento empresarial ya ha empezado. El Quantum Technology Monitor 2026 de McKinsey identifica más de 300 compañías interactuando actualmente con computación cuántica y describe un ecosistema que está pasando progresivamente de proyectos de investigación y pruebas aisladas hacia intentos de encontrar valor empresarial concreto. En su muestra de grandes compañías, aproximadamente un tercio destinó más de 10 millones de dólares a iniciativas cuánticas durante 2025, aunque se trata evidentemente de organizaciones con escala, recursos y exposición muy diferentes a los de una pyme o una empresa mediana.

Ese último matiz es fundamental.

Que grandes grupos industriales estén invirtiendo no significa que todos deban imitarlos.

Significa que ya existe suficiente actividad para empezar a observar dónde se está acumulando conocimiento real.

La primera pregunta no debería ser «¿qué podemos hacer con quantum?»

Probablemente debería ser exactamente la contraria:

¿Tenemos algún problema empresarial cuya naturaleza justifique siquiera estudiar quantum?

Ese cambio evita una de las peores prácticas de innovación tecnológica: empezar por la herramienta y buscar después dónde colocarla.

Una empresa logística podría tener problemas extremadamente complejos de rutas, cargas, capacidad, tiempos y restricciones. Una farmacéutica podría enfrentarse a simulaciones moleculares. Una institución financiera podría analizar determinados problemas de optimización de carteras o riesgos. Una compañía energética podría trabajar con redes extraordinariamente complejas.

Puesto de análisis que mide impacto, procesos y señales para evaluar la preparación cuántica
Prepararse para quantum significa identificar impacto, procesos y señales antes de invertir en tecnología.

Pero incluso en esos sectores la conclusión puede ser perfectamente válida:

todavía no necesitamos quantum.

Eso no sería un fracaso del análisis. Sería precisamente su objetivo.

Porque una buena estrategia tecnológica no consiste en encontrar una justificación para adoptar una tecnología. Consiste también en poder concluir con suficiente criterio que todavía no merece la inversión.

En Tessermint estamos planteando la preparación cuántica precisamente desde esa lógica: evaluación de impacto, formación ejecutiva, identificación de procesos y construcción de una hoja de ruta, no venta de capacidad computacional cuántica. Ese enfoque ya está recogido en la propuesta de Preparación Cuántica de la firma.

Hay otro frente que no puede esperar tanto

Hasta aquí hemos hablado fundamentalmente de computación cuántica como posible capacidad empresarial futura.

Pero hay un ámbito relacionado donde los tiempos son diferentes: la criptografía.

Gran parte de la seguridad digital actual depende de sistemas criptográficos que podrían verse comprometidos en el futuro por ordenadores cuánticos suficientemente potentes. Por eso organismos como NIST ya han estandarizado algoritmos de criptografía poscuántica y están recomendando que las organizaciones comiencen la migración. NIST afirma actualmente que sus primeros estándares PQC ya están preparados para implantación y que este es el momento de iniciar la transición.

Infraestructura digital protegida por criptografía poscuántica frente al horizonte cuántico
La ventaja cuántica puede tardar. La preparación criptográfica no debería esperar a que llegue.

Esto introduce una distinción importante.

Una empresa puede concluir perfectamente que no necesita todavía ningún proyecto de computación cuántica, pero sí descubrir que debería revisar cuánto tiempo necesita proteger determinados datos, qué sistemas criptográficos utiliza o cuánto tardaría en migrarlos.

Son dos decisiones distintas.

Y mezclarlas puede generar tanto alarmismo como inacción.

La preparación cuántica empresarial debería contemplar ambas cosas, pero separándolas claramente: dónde puede aparecer valor computacional en el futuro y dónde ya existe hoy una necesidad de anticipación tecnológica.

No sabemos exactamente cuándo llegará el punto de inflexión

Y probablemente este sea el argumento más importante para no vender certezas que todavía no existen.

Los roadmaps de los principales actores tecnológicos están avanzando. IBM, por ejemplo, mantiene públicamente el objetivo de desarrollar un sistema cuántico tolerante a fallos a gran escala hacia 2029. Eso es un roadmap empresarial, no una garantía de que en esa fecha exista una ventaja comercial generalizada para todas las industrias.

El progreso científico y tecnológico puede acelerarse.

También puede retrasarse.

Puede producirse primero una ventaja clara en unas pocas aplicaciones y tardar muchos años en extenderse a otras.

Pueden mejorar simultáneamente los algoritmos clásicos.

Y probablemente aparezcan formas híbridas de computación que hagan que la frontera entre «clásico» y «cuántico» sea mucho menos visible para el usuario empresarial de lo que hoy imaginamos.

Por eso creemos que intentar responder ahora a la pregunta «¿en qué año necesitará mi empresa computación cuántica?» tiene poco sentido.

Hay una pregunta mucho mejor:

¿qué tendría que ocurrir para que empezara a tener sentido para nosotros?

Esa pregunta sí se puede trabajar.

Se pueden definir indicadores.

Se pueden identificar casos de uso.

Se puede monitorizar la evolución de costes, precisión, escala y disponibilidad.

Se pueden conocer proveedores.

Se pueden desarrollar conocimientos internos.

Y se puede revisar periódicamente la decisión.

Eso es preparación.

La verdadera ventaja quizá no sea utilizar quantum antes que nadie

Puede ser algo bastante menos espectacular y mucho más útil: no tener que improvisar cuando llegue el momento de decidir.

Una organización que ha identificado con antelación dónde podría existir impacto, conoce sus procesos críticos y mantiene una vigilancia estructurada sobre la evolución tecnológica puede reaccionar con mucha mayor rapidez que otra que empieza desde cero cuando la tecnología ya ha alcanzado relevancia comercial.

Quizá la primera conclusión sea no hacer nada durante dos años.

Perfecto.

Quizá después aparezca un piloto concreto.

Quizá nunca aparezca.

También es perfectamente posible.

Una estrategia seria sobre tecnologías emergentes debe aceptar las tres posibilidades.

Porque prepararse para el futuro no consiste en intentar adivinarlo.

Consiste en construir una organización capaz de reconocerlo cuando empieza a llegar.

Y ahí está probablemente la cuestión esencial de la computación cuántica para la mayoría de las empresas hoy.

No necesitan comprarla.

No necesitan prometer que la utilizarán.

Ni necesitan incluir quantum en cada plan de innovación.

Pero si su sector, sus procesos o sus activos podrían verse afectados durante la próxima década, sí deberían empezar a responder una pregunta bastante más sencilla:

si mañana apareciese una ventaja cuántica relevante para nuestro negocio, ¿sabríamos reconocerla y estaríamos preparados para actuar?

Si la respuesta es no, quizá sea ahí donde debería comenzar el trabajo.

Perspectiva Tessermint

Nuestra aproximación a la computación cuántica parte de un principio deliberadamente sencillo: no vender quantum, sino preparación para quantum.

Evaluar impacto, identificar procesos, formar a quienes tendrán que tomar las decisiones, definir indicadores de evolución y construir una hoja de ruta que permita actuar solo cuando exista una razón empresarial para hacerlo.

Porque una organización preparada para el futuro no es la que adopta antes todas las tecnologías.

Es la que sabe cuáles ignorar, cuáles vigilar y cuándo convertir alguna de ellas en una decisión ejecutable.

Referencias

¿Qué significa esto para su organización?

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